Celebración del tercer aniversario del nacimiento de la Saga Conclave 21

No se me ocurre mejor manera de celebrar el tercer aniversario del nacimiento del primer libro de la Saga Conclave21 «C21BCN Alma Cautiva» que adelantaros en primicia el título del que será el tercer libro y la primera parte del prólogo.

Espero que os guste y, de hacerlo, os animéis y me ayudéis dejando un comentario con vuestra opinión. Quizás, si leo muchos comentarios positivos…me podría animar a publicar la segunda parte del prólogo 😉

¡Ahí va! 

Anima Aeternum Salit

PRÓLOGO

Una hora y media atrás. 

Barra de la sala Razzmatazz, madrugada del sábado 22 de diciembre.

No se puede luchar contra el destino. Por poco que te guste y por mucho que lo intentes no podrás evitar lo inevitable. A lo sumo, dependerá de ti y de tu actitud que sea antes o después y fácil o difícil, pero lo que tenga que ser será. Eso es algo que Berta tiene tan claro como que se necesita aire para respirar. De una forma u otra, mucho antes de que sus guías se lo dijeran, sabía cómo funciona la vida. Según ella, lo mejor es fluir con el devenir de las cosas, confiar en uno mismo y en su instinto, y evitar que los miedos nos bloqueen.

En el mismo instante en el que vio aparecer a Zohe junto a Aixa supo que esa noche era la primera de muchas noches para la que se había estado preparando. La llevaba esperando y temiendo toda su vida. Una noche que marcaría un principio y un final en la vida de Zohe y en la suya.

─¡Por todos los guías del mundo! ¿Qué hacéis aquí, pareja? –exclamó una alucinada Zohe lanzándose a los brazos de Berta y dándole un piquito–. Y ¿de qué conoces tú a Ángel? –le preguntó a Héctor dándole dos besos.

─Quería que Berta conociera a mi mejor amigo Pedro. Es muy amigo de Ángel y el responsable de todo esto –respondió Héctor señalando la parte del escenario que quedaba a la vista.

─¿Su Ángel es tu Calvin? –preguntó Berta a Zohe, mientras Aixa saludaba a Héctor.

─Sí, su Ángel es Ángel Blanco, mi Calvin –le confirmó Zohe–. ¿Este es nuestro momento, Bruji? –preguntó recordando lo que le dijo en su casa, y Berta afirmó con la cabeza–. ¿Aquí y ahora nos vamos a necesitar? –Berta volvió a asentir con la cabeza–. Te han traído para conocer a Pedro, ¿es él el peligro?

─No lo sé, aún no le conozco. Hemos llegado hace poco y Héctor espera el mejor momento para interrumpirles –contestó Berta, mientras le iba cambiando la cara a medida que hablaba y observaba cómo se acercaba lo que a priori le pareció un dios de ébano, hasta que una secuencia rápida de ecos de memorias pasadas se abrió paso a través de sus pupilas.

─¡Por fin! –dijo Pedro desde la coronilla de Zohe, sujetándola por los hombros–. ¡Expectativas superadas y éxito absoluto conseguido! –exclamó dándole la vuelta y abrazándola con familiaridad–. ¡Bienvenida, Zohe! –Le dio dos besos y miró a Berta por encima de su hombro–. Perdona la interrupción –le dijo con su voz más grave, seductora y vacilona.

─¡Hola Pedro! –dijo Héctor dándole una palmada en la espalda y sacándole del trance en el que se había sumido momentáneamente–. Te presento a Berta.

─¡Encantado, Berta! –Rodeó la cintura de Zohe con su brazo derecho, desplazándola hacia su derecha para acercarse a Berta, mirarla fijamente, rodearla por la cintura y darle un beso bien marcado en cada mejilla.

─¡Igualmente, Pedro! –le respondió también seductora y vacilona, manteniéndole la mirada.

Por primera vez desde que Zohe conocía a Berta ni esta reía nerviosa, ni el hombre que la había tocado y besado recibía una descarga eléctrica.

─Y ella es Aixa –continuó Héctor con las presentaciones.

─¡Encantado, Aixa! –la saludó Pedro con dos besos, liberando a Berta de su agarre–. Con vuestro permiso, os la robaré unos minutos –les dijo mirándoles a todos y llevándose a Zohe más cerca de la barra–. ¿Qué tomas? –le preguntó oliendo su copa–. Una Caipiroska de fresa –le pidió al camarero sin esperar la respuesta de Zohe–. ¿Qué os parece la fiesta? ¿Os gusta el DJ? –Preguntó dando la espalda al camarero mientras preparaba la copa para Zohe. Todos afirmaron con la cabeza y él siguió espitoso–. He traído a uno de los números 1 en todo el mundo –alardeó orgulloso.

─Pues ya que preguntas… el Dj genial –empezó a decir Zohe–, pero la ausencia de gogos masculinos y la limitación de las bebidas en la barra… perdona que te diga, no es algo que yo haría –reprochó sin tapujos.

─Estoy de acuerdo con Zohe –secundó Aixa, como buena y ferviente defensora de la igualdad y del trabajo en equipo.

─Todo tiene su explicación, chicas –se defendió Pedro–. Y lo veréis al final de la fiesta. –Se hizo el misterioso–. Os la traigo en un rato –dijo cogiendo la copa de la barra y llevándose a Zohe al lateral del escenario.

Viendo como Pedro se alejaba y se llevaba a su Kenari no le quedó ninguna duda. Al igual que él cuando la vio a ella, ella supo quién era él nada más verle. No le extraño el calor abrasador de la única mano destinada a tocarla. Por eso, dejándose llevar, le había mirado a los ojos y se habían retado.

Era inútil negar que la había seducido con su profunda oscuridad y la había despertado del letargo del deseo. Un despertar que conllevaría consecuencias. La primera se hizo evidente cuando Berta intentó ver más allá del momento presente y se dio cuenta de que no podía ver nada, por lo que a partir de esta noche debería limitarse a observar, estar atenta, verlas venir y fluir. Solo podría confiar en lo que ya sabía, en su intuición y en que sus guías, cuando fuese preciso, le dijeran cómo actuar. Esperaba mantenerse lo bastante conectada a ellos para recibir lo que fuera, interpretarlo sin errores y hacer lo que fuese necesario.

Mientras Aixa y Héctor hablaban del futuro prometedor que le espera al pintor Mario García Miró, al que ambos conocen y para el que la empresa de Zohe está trabajando en su próxima exposición de febrero en Nueva York, Berta no podía apartar sus ojos de Pedro y de Zohe que se paraban en un lateral, subían las escaleras y sorprendían al cumpleañero.

No le gustó perderla de vista cuando Ángel se la llevó de la mano hacia el interior del escenario. Aunque sabía que Zohe había mantenido una peculiar relación sexual desde hacía años con él, interrumpida desde que empezó a salir con Nacho, y confiaba en él porque Calvin, como le llamaba Zohe, era buena persona, esa noche Berta estaba muy susceptible y no se fiaba de nadie.

Lo que sí le gustó fue ver regresar a Pedro. La tenía tan hipnotizada con esos profundos y oscuros ojos que la acechaban, esa mata de pelo negro rebelde que tapaba su frente y casi rozaba sus anchos hombros, ese tono tostado de piel, esos andares armoniosos y esa peligrosa sonrisa, que no se fijó en el hombre que le acompañaba hasta que lo tuvo a menos de un metro.

─¡Héctor, Aixa, Berta, él es Morfeo! –presentó Pedro a su acompañante.

─¡Ups! –exclamó Morfeo al apoyar la mano en el hombro de Berta y sentir un calambre que evitó que se acercase a darle dos besos.

─Tranquilo, suele pasar –respondió Berta con una sonrisa.

─Un placer –dijo Aixa dándole dos tímidos besos, disfrutando del matiz de Kenzo original, que es su perfume favorito de hombre, que en el cuello de Morfeo se le antojó de lo más masculino e irresistible.

─¡Por fin te conozco, Morfeo! –exclamó Héctor dándole un buen apretón de manos, sacándolo del placer olfativo en el que se sumergió al oler el aroma a Kenzo Amour que reconoció en Aixa–. Pedro me ha dicho que eres el número 1 y lo tengo claro.

─¡Vaya! Gracias –respondió Morfeo mirando a Aixa con fascinación–. ¿Eso significa que ya sabéis lo que queréis haceros?

─¡Qué va! ¡Tienes que ser tú! –sonrió Héctor mirando a Pedro–. Siempre he querido hacerme uno, pero no sabía qué, y Pedro me dijo que tú sabrías cuál me corresponde con solo mirarme.

─¿Y tú? –preguntó Morfeo a Aixa acercándose a su cuello con disimulo con la excusa del alto volumen de la música.

─¿Yo qué? –preguntó Aixa confundida. No era sencillo concentrarse en nada frente al guapísimo castaño, con ondas rebeldes más claras que le caían sobre sus espesas cejas, de ojos azules y barbita perfectamente recortada que la estaba mirando a los ojos mientras le hablaba y le olía como un dios del mar del imperio del sol naciente.

─Queréis haceros un tatuaje de pareja, ¿no? –preguntó Morfeo con la esperanza de una respuesta negativa.

─¿Qué? ¡No! Héctor y yo somos amigos. Los tatuajes me gustan, pero tengo cero tolerancias al dolor –exclamó Aixa sincera, después de dar un sorbo a su botella de agua, recuperando la cordura y sonriendo al creer ver cierto descanso e interés bajo la sonrisa de Morfeo, que le pareció la sonrisa más atractiva y encantadora del mundo.

Observar a Aixa beber agua fue, para Morfeo, la secuencia más erótica de su vida. Lo vio a cámara lenta y con todo lujo de detalles: sus carnosos labios carmesí medio abiertos, el inferior ligeramente adelantado rozando el borde de la botella; sus dedos sujetándola en un ángulo perfecto y el rojizo meñique levemente alzado; su incitador cuello estirado para que el líquido entrase sin derramar ni una sola gota, pero humedeciendo los bordes lo suficiente para que ella acabase asomando su lengua en el último trago; sus grandes y expresivos ojos cerrándose y abriéndose pesadamente hasta fijarlos en los de Morfeo en una mirada irresistible.

─Si quisieras hacerte uno, te podría dormir y no te enterarías de nada –le dijo Morfeo hipnotizado antes de sacar dos tarjetas de su cartera y dar una a Aixa y otra a Héctor–. Llámame después de fiestas y quedamos un día en mi salón –le dijo a Héctor.

Morfeo evitó decirle a Aixa que ella podía llamarle cuando quisiera y de hecho estaría encantado de que lo hiciese mañana mismo, pero esperaba ser lo suficientemente discreto y a la vez explícito para comunicárselo con los ojos.

La mirada que Morfeo le regaló a Aixa no podía ser más certera. En milisegundos traspasó sus pupilas y le llegó al centro del pecho. Un aguijonazo que le hizo recordar lo que había leído y vivido a través de sus amigas y que ella no había experimentado nunca. ¿Eso era un flechazo? La velocidad de su corazón y las famosas mariposas en el estómago las consideró normales, pero las chispas que recorrían todo su cuerpo no podían ser saludables, pensó. En un pestañeo de ese hombre, ella estaba que se subía por las paredes y le parecía que flotaba por el techo de la discoteca siguiendo los potentes halos de luz de los focos que se movían al compás de la música.

Unos segundos antes de que Héctor entrase con Berta en la discoteca, Pedro había notado una conmoción en la energía de la sala. Al principio pensó que su percepción era fruto del accidentado ritual que habían tenido esa misma noche o de las drogas que había decidido añadir a todas las bebidas, pero cuando miró hacia la puerta de acceso y la vio aparecer al lado de Héctor, supo que esa diosa con melena de fuego y ojos profundos era la causante de la alteración e incluso de la estrechez que empezó a oprimir sus pantalones.

Como brujo había utilizado todos sus recursos para encontrarla, pero, esta vez, su opuesto contaba con una poderosa protección que la había mantenido fuera de su alcance. De la misma manera, también sabía que, tarde o temprano, llegaría un momento en que se cruzarían inevitablemente, porque no era ni la primera ni sería la última de sus vidas que jugaban al mismo juego. Y lo mejor y más inquietante de todo era que, en cada encarnación, ella se iba haciendo más y más fuerte, pero aún no le había ganado ninguna partida.

─Llegó el día, nena –dijo Pedro, acercándola a la barra para ganar algo de privacidad.

Pedazos de visiones de vidas compartidas se abrieron paso en sus pupilas y ninguno de los dos dio muestras de sorpresa ni confusión.

─Eso parece –dijo Berta, mostrándose muy segura de sí misma.

─Te buscare en sueños. ¿Estás preparada? –preguntó Pedro, peinándole el pelo con los dedos de una mano, colocándoselo detrás de la oreja y rozándole el oído con sus labios, mientras con su otra mano la sujetaba por la cintura.

─No me encontrarás. ¿Lo estás tú? –se la devolvió Berta, girándose para ganar distancia y enfrentarle de cara. Le gustaba demasiado su tacto y no quería que pudiera ver como la traicionera piel de su nuca se erizaba excitada. Por nada del mundo, le mostraría sus miedos, sus flaquezas o sus inseguridades a nadie y menos a él.

En la discoteca, ocupado como estaba con la fiesta de cumpleaños, Pedro no podría disfrutar de ella todo lo que deseaba, pero, de ahora en adelante, pensó, tendría mucho tiempo para hacerlo.

─¡Oh! Claro que te encontraré. Esta vez, te has hecho esperar, pero ya sabes que siempre estoy listo para mostrarte el camino correcto –contestó Pedro, entrecerrando los ojos, provocando que a Berta le entrase la risa irónica.

─¿No te cansas de repetir el mismo error una y otra vez? –preguntó Berta coqueta, halagada por el deseo que percibe de Pedro–. Porque yo te aseguro que sí.

─¿A ayudar a mantener el equilibrio del universo lo llamas error?

─ El error es creerte un dios todopoderoso que no tiene nada que aprender.

─Te equivocas. Estoy más que dispuesto a aprender todo lo que me quieras enseñar, bruja –dijo Pedro, acercándose más a ella–. Anda, tómate algo conmigo.

─No bebo alcohol –respondió Berta, mirando esos ojos que la llamaban a gritos, quedándose muy cerca de su boca.

─Un agua y un Gin-tonic –pidió Pedro, giñándole un ojo al camarero.

─Que sean dos aguas –pidió un hombre, que parecía un modelo rubio albino de ojos azules, poniéndose al lado de Pedro.

─¿Agua? ¡Esta sí que es buena, Yasha! –se rio Pedro.

─Es para ella, lobo –le respondió con una extraña mirada, cogiendo una de las botellas que el camarero había dejado en la barra.

─Vuelvo enseguida, nena –le dijo Pedro a Berta con un tono tan sensual como prometedor, antes de seguir al albino hasta el escenario.

─¡Perdona! Me la has dado abierta –dijo Berta al camarero devolviéndole la botella de agua–. Gracias –le sonrió cuando le dio otra cerrada.

La amena conversación que mantenían Aixa, Héctor y Morfeo a cerca del arte que une la pintura y los tatuajes, apenas conseguía distraer la atención de Berta que seguía fija en el fondo de la sala. Sus ojos estaban clavados en el único lugar que le interesaba y le preocupaba. Necesitaba ver salir de ahí a Zohe y, en lugar de eso, quien bajó las escaleras y regresó solo fue Pedro.

─¿Y Zohe? –le preguntó Berta.

─Poniéndose a tono con Ángel, no te preocupes –contestó Pedro con una enigmática sonrisa.

Al cabo de poco tiempo, una exultante Zohe cogida de la mano de Ángel bajaba las escaleras y se ponía a bailar como una loca en la pista. Se la veía desinhibida disfrutar del momento, y Berta se permitió relajarse un poco conversando con el grupo.

A Aixa le resultaba curioso que tanto Morfeo como Pedro tuvieran varias profesiones. Pedro con 41 años combinaba la abogacía para un bufete de prestigio con la de abogado de oficio. El caso de Morfeo, aún más extraño, con solo 32 años era artista, anestesista y regentaba varios salones de tatuajes.

De tanto en tanto Berta miraba hacia la pista y sonreía viendo a Zohe besándose y magreándose con Ángel de forma exagerada. Parecía que la lujuria flotaba en el aire esa noche. Aixa y Morfeo se llevaban un juego de miradas muy divertido y se fijaban más de la cuenta el uno en la boca del otro. A Berta también le llamaban mucho la boca y el peligro que veía más allá de las grandes pupilas de Pedro, pero sabía que no debía ceder.

Por fortuna, los saludos que él, como organizador, estaba obligado a dar a todos los asistentes la ayudaban a interrumpir el adictivo contacto visual que tanto le costaba romper. Cuando volvió a mirar hacia donde estaba Zohe no la encontró y se preocupó. La buscó hasta donde le alcanzaba la vista y no había rastro de ella ni de Calvin. Decidida a encontrarla, le pidió a Aixa que la acompañase al lavabo y de camino, mientras Aixa le confesaba con el entusiasmo de sus exultantes 28 años que Morfeo era el hombre más guapo del mundo y el que más le ponía del universo, Berta miró en el escenario, alrededor de la gran estructura de madera, por todos los servicios y esperó a que saliesen todas las mujeres que ocupaban los aseos. Del último lavabo salió una peculiar mujer: alta, rubia, de ojos azules, de piel muy blanca y de cuerpo escultural, que llamó su atención. Salieron detrás de ella, vieron que en el pasillo la esperaba el hombre que parecía una copia de la peculiar rubia y al que, Berta recordó, Pedro había llamado Yasha, y siguieron su misma dirección hasta que los perdieron al girar por la estructura de madera cogidos de la cintura.

Berta sospechó que esa pareja era un pozo sin fondo de problemas, pero, segura de no intervenir hasta que se lo dijeran sus guías, cogió a Aixa de la mano y continuaron su camino hasta la barra.

Al llegar, Pedro había desaparecido y se encontraron a Morfeo y a Héctor riéndose con un invitado inesperado y con un desconocido.

La cara de sorpresa de Dennis, cuando dejó de hablar con Morfeo, era la misma que la de Aixa y la de Berta al reconocerle.

─Hola Dennis –saludó Aixa–. ¡Qué sorpresa!

─¿Aixa? –dijo Dennis confundido dándole dos besos.

─¿Conoces a Berta? –le presentó Aixa.

─Te vi en la exposición de Marta de la galería GoForIt, ¿verdad? –dijo aún aturdido acercándose a Berta para besarla–. ¡Ups! –se quejó al tocar su cintura y sentir un calambre.

─Tranquilo, suele pasar –dijo Berta con una sonrisa–. Tenía ganas de conocerte.

─Él es Gabriel –presentó Dennis a un amigo que se veía mucho mayor que él, pero al que las canas le hacían de lo más interesante.

─¡Hola! –dijo Gabriel saludando con una flexión de cabeza a ambas al estilo caballero inglés.

─¿Y cómo habéis acabado aquí? ¿De qué conocéis a Ángel? –les preguntó Dennis.

─Yo vine por Pedro y quería que Berta le conociese –respondió primero Héctor.

─Yo sabía de Ángel como Calvin, pero no le conocía en persona. Calvin, quiero decir, Ángel es amigo de Zohe. ¿no lo sabías? –respondió Aixa.

─ ¿Zohe está aquí? –preguntó Dennis empezando a preocuparse, mirando detrás de ellas y negando con la cabeza lo que empezaba a intuir.

─Sí, está con Ángel. Vinimos de doble celebración después del último evento del año en Barcelona –contestó Aixa con una radiante sonrisa.

─¿Y Alex? También ha venido, ¿no? –preguntó Dennis deseando una respuesta afirmativa.

─ La fiesta de triunfo y despedida navideña con amigos la tenemos mañana por la noche en el Marmalade –respondió Aixa, mirando de reojo a Morfeo–. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí?

─Ángel es… mi hermanastro –concluyó tras una breve pausa–. Perdonadnos un momento –dijo Dennis ansioso llevándose a Morfeo hacia un lado de la sala, sin poder esperar más, separándose del grupo.

─¡Vaya! ¡Qué pequeño es el mundo! –exclamó Héctor.

─Sí, muy pequeño –afirmó Berta siguiéndoles con la mirada.

─¿Y tú? ¿A qué te dedicas? –preguntó Aixa a Gabriel.

─Soy médico forense –respondió Gabriel.

Mientras Gabriel, Aixa y Héctor conversaban, Berta observaba a distancia cómo Dennis sujetaba a Morfeo por los hombros y parecía que le sometiese a un interrogatorio de tercer grado sin darle apenas tiempo de respuesta a las preguntas que le hacía.

A pesar de los esfuerzos de Morfeo por restar importancia a lo que le iba respondiendo y por intentar que Dennis sonriese, solo conseguía que se enfadase cada vez más y empezase a buscar a alguien por la sala.

Berta, sorprendida por el cambio en la cara de Dennis cuando estaba enfadado y por su imponente presencia, siguió de espectadora viendo como Dennis se fijaba en un grupo de parejas que hablaban en la barra de enfrente para acercarse decidido a los pocos segundos, girar a Pedro, que estaba de espaldas, y sujetándole por la pechera hablarle a centímetros de la boca. Pedro se lo quiso quitar de encima separándose y hablándole con cara burlona, pero Dennis, que le ganaba en altura y en fuerza, a pesar de ser más joven, no se lo permitió. La tensión entre ellos aumentaba a cada segundo hasta que un desesperado Dennis, harto del forcejeo y de la actitud de Pedro, respiró hondo y le hizo una rápida llave que, luxándole la muñeca y el brazo en menos de lo que dura un pestañeo, le dejó inmóvil y a una cómoda distancia de su oído. En situaciones como esta el dominio de Dennis del arte marcial ruso, llamado “systema”, le era más que útil.

─¡Gabriel mira! –le avisó Berta, señalando lo que ocurría detrás de él, impresionada por la rapidez y contundencia de Dennis.

Morfeo intervino intentando poner paz entre los dos, pero cuando Dennis liberó a Pedro, este se revolvió como un lobo herido en su ego y golpeó a Dennis en la cara.

─No os mováis de aquí –les dijo Gabriel antes de dirigirse a lo que sabía se convertiría en una pelea.

El golpe recibido a traición, le bastó a Dennis como excusa para hacerle una cara nueva a Pedro hasta que Morfeo se puso en medio, recibiendo un puñetazo involuntario de Dennis.

Ajenos a todo, Aixa y Héctor también se giraron y descubrieron lo que estaba pasando al otro lado de la sala. Todos se quedaron más tranquilos cuando Gabriel y Morfeo controlaron la situación y consiguieron hablar con Pedro hasta hacerle entrar en razón y que claudicase a los deseos de Dennis.

Dennis, Morfeo y Gabriel le siguieron por la sala, rodearon la estructura de madera, desaparecieron tras una puerta que había camuflada en un lateral y, pasados unos segundos que parecían horas, empezaron a salir parejas que parecían un rebaño de ovejas descarriadas. Algunas visiblemente mareadas salían a medio vestir, manchadas de sangre y se iban a los camerinos. Otras totalmente vestidas optaban por irse del edificio y abandonar la fiesta. Entre las que iban a los camerinos Berta se fijó en los gemelos albinos que salieron empujados por Gabriel, quien les reñía como si fueran un par de críos. Luego salió Morfeo con Ángel cargado al hombro y les vio desaparecer hacia la calle.

Cada vez más desconcertadas, Aixa y Berta no sabían si ir hacia la puerta de la estructura o quedarse donde estaban cuando vieron venir a un Pedro apaleado y hundido.

─¡Venid conmigo! –les pidió Pedro yendo al guardarropa–. Coged vuestras cosas, y también las de Zohe.

─¿Qué está pasando, Pedro? –preguntó Héctor impresionado con la actitud y el estado de su amigo.

─Un mal viaje, amigo –respondió negando con la cabeza y cerrando los ojos por unos segundos sin querer dar más explicaciones.

Cada una con sus cosas a cuestas se repartieron las de Zohe: Aixa se colgó el bolso al hombro y Berta se colgó el abrigo en su brazo.

Con ganas de saber, pero temerosas de preguntar siguieron a Pedro.

─Dennis y Zohe os esperan dentro –les dijo avergonzado cerca de la puerta, llevándose a Héctor con él a los camerinos.

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2 comentarios en “Celebración del tercer aniversario del nacimiento de la Saga Conclave 21

  1. A mi no me puedes dejar asi!!! jajajajajaja necesito mas!!! Espero que tu musa vuelva porque tengo ganas de saber que esconde esta historia !!!
    Me encanta!!!!
    Besazos guapi!!! (soy la amiga de Erica.. esa que te dio la tabarra en una boda contandete su historia de amor 😛 )

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